lunes, 21 de noviembre de 2005

Las palabras, avispas

Hay días que están llenos de palabras que no pueden ser dichas. Días colmados de apretujados garabatos en un cuaderno deshojado que nadie leerá. Tantas cosas murmuradas entre dientes, a pesar de estar apretujado entre cuatro paredes, durante la madrugada y sin nadie alrededor. Cartas que necesito escribir y que tal vez no lo haga, gente que debo confrontar, confrontaciones de las que he huído toda mi vida, votos que quebrar, canciones olvidadas, la historia magnífica arruinada por un virus.

Tengo grandes enemigos. Pronto enfrentaré el temible momento en que cara a cara, he de derramar palabras apresadas durante años y las oirá la persona que es mi segunda peor enemiga, la persona que me dio a la vida. Así, quizá algún día llegue a hacerle frente a mi peor enemigo.

domingo, 20 de noviembre de 2005

Sky-rocket high

Pasó lo peor. Se acabó la comida. Yo siempre, como gran perezoso, compraba la comida al día, cocinaba sólo cuando me daba hambre. Nada de tres comidas al día: era el caos total. Podía hacer seis comidas o sólo una durante el día. Dependía de la época del año, el saldo en la tarjeta y sobre todo del saldo en la tarjeta. Finalmente sucedió lo que yo llamaba a gritos: una escasez mundial de alimentos, una serie de imposibles catástrofes simultáneas, la trompeta de un jinete infernal en la voz del Fearal, anunciando la inminencia del Ragnarök.

¡Oh, dios!

Ese día me levanté tarde. Vergonzosamente tarde. El televisor tenía una sola y sucia señal: un cataclismo envidiablemente reducido a unas parcas líneas. Fui a la ciudad y el espectáculo era dantesco, todos comiendo basura, peleándose por huesos y verduras rancias; tuve que correr por mi vida. Llegué a mi casa por el techo y me arrojé al patio. Ya la gente de la casa estaba inquieta; por la noche ya tuvimos las primeras peleas por comida, con un saldo de costillas rotas, un hombro dislocado y mis puños raspados por las paredes y a los tres días tuve que matar a tres. Los demás me asaltaron a la madrugada, los pobres no sabían que yo estaba armado. Dos días después, la ausencia de cualquier cosa comestible y el hedor laxante de los muertos en el patio me hicieron huir de la casa. Me tomé unos minutos para escoger mi ropa y opté por la versatilidad. Llevé todas las armas que tenía: la katana, el wakizashi y el bo, todos los cuchillos que encontré esparcidos por diversas partes del cuerpo, trozos de cadenas y un martillo. Me arrojé a la calle con el más agudo arrojo que yo recuerde, recorrí kilómetros, peleé furiosamente para conseguir unas pocas viandas y más tachones a mi cuenta de muertos. En mi prisa por armarme e irme, olvidé el preciado líquido pero encontré en mí una furia impensable en mi criterio, era una ardorosa rabia que me mantenía inquieto todo el día, durmiendo con los ojos abiertos y por ráfagas de apenas minutos, que me ayudó a salir del tormento de la sed.

¡Démelo a mí!

Pronto ya no había más comida en la calle, no se conseguía. No importaba cuánta gente se asesinara y registrara minuciosamente. La gente se dejó de matar por aburrimiento y se limitó a congregarse en un único lugar a mirarse con psicópatas caras. Mi furia me dio el impulso para elevarme y decir breves pero fuertes palabras: proclama de liderazgo otorgado por alguno de los ahora sí múltiples dioses y conocido gracias a la posesión de facultades adivinatorias. La gente cree cualquier cosa cuando necesitan que alguien los mande.

¡Sí!

Empezamos a asaltar lugares de almacenaje como casas de ricos, hospitales, bodegas. Era una carnicería, nosotros desesperados por comer; los otros, aterrados por su inminente muerte. Hubo más fracasos que victorias, la gente acuartelada tenía la ventaja de estar a la defensiva en edificios cerrados y tener mejor armamento. Una vez peleamos por cerca de dos días para encontrar que los sitiados tenían menos provisiones que nosotros. En medio de la desazón, alguien propuso que nos comiéramos a los que habíamos matado. Repartí los cuerpos y les dí instrucciones de cómo destazarlos, recordando cuando mi padre, mis tíos y yo matábamos el cerdo de navidad. Durante la comida, fui oficialmente proclamado como líder, se discutieron estrategias y redefiniciones de pecados. Fui ungido y recibí nuevas armas, ya que el bo lo perdí el primer día y el wakizashi a los trece días, conservé la fogueada katana con una funda nueva, incluso conseguí un revóver y una escopeta recortada. Di orden de partir y mi guía fue buena. Por un breve tiempo.

El fuego que no se apaga.

Mi final fue rápido. Seguimos intentando conseguir comida, pero sólo encontrábamos gente dispersa. El hambre nos enloqueció y pronto estábamos asesinando a cuanto ser humano se cruzara por nuestro camino, para disponer de sus entrañas y carne. Matábamos y matábamos más y más. Pronto ya habían pleitos por ciertas partes y en especial los niños, entre más tiernos mejor. Botamos las mohosas y escasas viandas que habíamos guardado y dejamos las complicadas preparaciones para simplemente rasgar la carne sangrante con nuestros dientes. Pero la gente se acabó. Marchamos por días hasta que nos derrumbamos una mañana; a los pocos minutos ya hubo un mal presagio: uno de nosotros fue sorprendido devorando a uno de los nuestros que había muerto de agotamiento y los demás nos le unimos en vergonzosa comunión. Esa noche fue seca, ventosa y con una inminente tormenta que nunca llegaba, antiguas y torvas miradas regresaron, procedimos a matarnos unos a otros y retornó el olor a carne humana chamuscada, que se había convertido en mi estandarte. Caí entre los primeros. Yo estaba cansado, la tensión de no dormir más que a cabezazos en mares de alerta y mi decidida desidia, que había provocado mi exclusivo abandono a los corazones de las víctimas, tributo que yo cobraba a mis siervos, supuestos siervos. Mi katana me fue fiel pero no fue suficiente. Fui desmembrado con rapidez, aún me sorbían los sesos cuando empezó un copioso aguacero que formó charcos y saco cientos de sapos de las grietas de la tierra. Maná del cielo.

Tal es el resumen de mis últimos meses, desconocido dios.

Aunque dudo que me asuste, ¿cuál es el camino de tu ignorado pero aborrecido infierno?

sábado, 19 de noviembre de 2005

Mis últimas palabras

cinco de la mañana

Marley

desarmado y lápiz en mano

con cinco líneas

sobreviví a la noche

Matriz

¿Soñás, dormís?

Un corazón arde.

¿Estarás borracha, maldiciendo el día en que nací?

Un corazón decae,
como una pasa.

Tu voz, vos chasqueando la lengua...

Un corazón decae,
como una víscera puesta demasiado tiempo al sol.

Las cáscaras viejas de limones,
herrumbre cabalgando en el viento,
las ventanas empañadas,
cago en la calle, rodeado de gente:
a salvo, gracias al suéter tapándome la cara.

Amanezco en basureros,
mi cara cubierta por una máscara hecha de palillos,
por lo que sé,
me siento olvidado.

Jefe

Estoy sentado,
bebo agua,
acomodo mis cosas
y pienso cómo se verá su cabeza
clavada en una estaca.

Siempre tengo presentes
sus despliegues de poder,
su frío sarcasmo
y mis castigos:
A veces creo que podría
convertirle la cabeza en puré:
los puños rotos
hundiendo los fragmentos de hueso
en el suelo.

Siendo honesto,
no me cae bien;
podría amarrarlo a la silla,
arrancarle un ojo con los dedos,
sostenerle la cabeza
y violarlo por la abertura sangrante.

Un día de éstos renuncio.

viernes, 18 de noviembre de 2005

El castillo de Drácula

No hay más dios que la muerte
y yo soy su profeta.
Como aquél que arrancó sus ojos
para expulsar su don,
yo me arranqué la calma.

Le tengo espanto
al segador siniestro
que no distingue la mies.
Temo ese parpadeo,
al más allá,
a lo que no tiene nombre.

Yo la veo en la calle,
altanera y veloz,
acechando con sigilo
desde rostros crispados.
Me respira en el cuello,
me sonríe desde el fondo de los abismos.

En casa me espera,
la veo en el espejo,
me habla bajito
ofreciéndome potasa
o un filoso cuchillo.

Ven a mí
que no aguanto la espera,
la incertidumbre, la inminencia.
Ven, sopla y dispérsame
como a un montón de hojas secas.

jueves, 17 de noviembre de 2005

Light post

—Óscar. Me dijo que se llamaba Óscar.—

Él tiene las manos suaves. Son suaves como si fueran de mujer, como de alguien que nunca ha trabajado. Le deslizo el cuchillo por la palma, cada vez meto la punta un poco más y la piel comienza a rasgarse y a teñirse de vivo rojo. Todavía no siente mucho, todavía duerme atontado por el trago, son tan fáciles, nunca me fallan, siempre uno ansioso, estirando la boquita, entornando los ojos, desde ahí ya mío. Alisto el martillo neumático. Le estoy haciendo cosquillas, tiene un asomo de sonrisa en los labios. Le deposito, como un beso en la mano, el martillo sobre la palma. Jalo el gatillo, una ligera explosión, el clavo a rojo vivo se dispara a través del cañón y se le hunde en la carne y queda humeante, asomando la cabeza desde el centro de la mano herida, abierta como una flor, como una vagina. Hay un breve eco en el profundo sótano, seguido de las réplicas del grito. Nadie vendrá. Siempre gritan. Todos. Tarde o temprano todos gritan. Aúllan, ladran. Está demasiado lejos. Nadie te oirá. Nadie vendrá. Sigue gritando. Siempre sucede, después del primer clavo todos gritan y gritan, se retuercen del sopor y se arrojan a una poza de dolor, se ponen rígidos, hay que aplicarles el chuzo. Se calman. Es como si se derritieran, como si la carne se les volviera caramelo, se orinan, en este exacto momento se orinan por primera vez. Le clavo la otra mano. Los pies, uno sobre otro como las manos de María, de la Virgen, de la Madre Divina. Una espada de dolor atravesará tu alma y a veces lo pintan como una espina a través del corazón del Ave María y se ve como un clavo de seis pulgadas que atraviesa un par de blanquísimos pies, que se ven como las manos de una virgen posadas sobre su piadoso pecho. Me siento en su pecho. Yo también estoy desnudo. Lo beso en las mejillas y brevemente en la boca. Lo he traicionado, él creía amarme y yo, que debía cuidarlo, que debía protegerlo y hasta mimarlo, yo lo he traicionado. Un metro de alambre de púas, eso le enrollo en la cabeza, con vigor, con firmeza; se despega si no se hace así, ellos empiezan a golpear la cabeza y se zafa. Está listo. Monto la cruz. Ahí es cuando dan sus mejores gritos. Yo lloro mucho, se me mezclan los mocos, las lágrimas, el semen, la saliva. Lloro hasta cansarme, que es generalmente cuando ellos dejan de gritar. Hay que darse prisa entonces. El tajo tiene que ser amplio, de arriba para abajo.

—Sangre de mi sangre, carne de mi carne.—

Su cuerpo. Su cuerpo, a pesar de todo, está lleno de vida, es como una explosión de vida en la boca: la carne de fibras duras, la sangre palpitante. El alma sale del pecho cual una ventosidad, parece un chorro de semen deshaciéndose en agua tibia, en un té de canela. La sangre en mis brazos me permite agarrarla y es como un algodón de azúcar y tengo que mover las manos rápidamente para que no se escape, ya me ha pasado antes y no me gusta. Me la llevo a la boca y la deshago con pequeños mordiscos primero y luego con grandes bocanadas; quedan trozos pegados en la sangre y yo me la lamo de la piel. Lo veo y se ve hermoso, como una herida fresca, como una vagina enorme y sangrante. Véte, y no peques más.

—Óscar. Me dijo que se llamaba Óscar.—

Bon appetit...

miércoles, 16 de noviembre de 2005

Metamorfosis

Todo ha quedado atrás,
mi deseo ha sido concedido,
la copa se ha derramado
y yo me precipito a mi ocaso.
Abre tus fauces, tierra maldita,
trágate mi carne y escupe mis huesos.

Abandono la servidumbre
en este estallido de sangre.

Por fin, el fin.

Nunca más seré privado,
porque no seré nada.
Una osamenta no suspira,
la carne que se pudre
no derrama lágrimas.

Me libero del dolor
con un aullido de muerte.

Ahora que vuelo
llameante como meteoro
a estrellarme contra mi destino,
disfruto mi grandeza.

No hay espectáculo más sublime
que cuando algo hermoso se destruye.

Tú y mi castillo

Yo estoy maldito,
Dios me ha maldecido.
Atrapado en la noche,
me arrastro en la sombra
cargando mi condena
sin queja ni llanto.
Ahora estoy más vivo,
soy un ladrón,
la muerte me alimenta,
mi existir es la desgracia de otros.

Pero tú te me has entregado,
has aceptado tu destino azaroso,
renunciaste a mucho
pero yo te daré más.
Desnudaré tus ojos a dimensiones salvajes
que apenas veías de reojo,
te enseñaré y aprenderás,
todo por tu amor a mí.
Por tu sacrificio en mi nombre
me brindo a ti,
bébeme despacio
y baila conmigo,
agitemos este aire envilecido,
que nuestros cuerpos inquietos
sacudan el polvo milenario,
que la ruina sucumba
ante tu palidez dichosa
y haya por fin luz
en mi larga noche.

Silva de varia lección

  • Personaje literario que me gustaría ser: El Corsario Negro.
  • Personaje de cine que me gustaría ser: El villano mayor en una película de kung fu (siempre mueren con gran gloria, en honorable combate.)
  • El personaje literario con quien contraería nupcias: Helena de Troya o la Alejandra de Sabato (estuve juntado con una parecida, que conste.)
  • El personaje de cine con quien contraería nupcias: Trinity.
Existe gran cantidad de recetas donde usan marihuana. Existe la mantequilla de marihuana. Ustedes saben, filet al ajillo cocinado en mantequilla de mota: si me hiciera eyacular, habría encontrado algo que me satisfacería todos las necesidades primarias.

Claridad, firmeza, orgullo. El rumor o la realidad, tal vez un guía o un maestro, o tal vez cinco: la mala suerte, una enfermedad venérea, madre constrictor, tendencia a gastar, pésimo gusto para la ropa. En un hombre todo el cuerpo es músculo excepto el sexo; en la mujer, viceversa: las líneas y curvas de los senos y las caderas son símbolos de sabiduría. Todo aquél que aspira al sacrificio, aspira a la divinidad.


(The matrix, Neuromancer, valium.)

Europa

Me la encontré en la Calle de la Amargura. Yo estaba tomado. Ella estaba tomada. Intercambiamos breves pero duras palabras. Le tendí la celada de una vez, consciente de que era demasiado obvia:

—No hablemos aquí. Vamos a mi casa.—

Fuimos, diciendo apenas los necesario. Entramos, ella se quedó en medio de la sala, desafiante, con los brazos cruzados.

—Bueno. Lo escucho.—

Sin perder tiempo me le fui encima. Ella se resistió mientras la volcaba sobre el sillón. Me repetía:

—Sos un pendejo, un maldito maricón, no sabés cuanto te odio.—

La despojé, no sin esfuerzo, de sus botas. El jeans me dio no menos problemas. La distraje con la boca, con firmes dentelladas y largos paseos con la lengua. Mientras luchaba con la mano derecha para abrirle los pantalones, con la izquierda sumé distracción acariciándole sus redondos senos, apretándolos y pellizcándole los pezones. Su piel y aliento se calentaron y se volvieron húmedos y ella empezó a respirar agitadamente. Forcejeamos hasta el cansancio, finalmente le logré quitar el jeans, no sin alboroto: el teléfono tirado, ceniceros quebrados, la mesita volcada. Sin ganas de más ceremonia, le rasgué el boxer con las manos y lo abrí como una granada madura. Me puse el antifaz de una vez y su olor fuerte me enervó la sangre, ella estaba ya mojada. Le besé infinidad de veces sus otros labios y recorrí con toda la superficie de mi lengua su otra boca y sus contornos, dándole de vez en cuando pequeños mordiscos. Aumenté la fuerza y la velocidad, pronto mi saliva y su jugo me chorreaban de la barbilla. Ella decía, con un tono de voz algo indefinido:

—No, no, no.—

Llegó a exasperarme. Me interrumpí y le pregunté, mientras me sacaba un vello de la boca:

—¿Eso es no-no, o no-sí?—

Me metió una fiera cachetada.

—¡Siga!— y de un sonoro manotazo me volvió a hundir la cabeza entre sus piernas.

—Has estado practicando.— dijo, derritiéndose dulcemente entre mis manos, entre mis dedos, como si estuviera hecha de melaza.

El hijo de puta

Hoy,
los zopilotes comen de mi boca.

Yo era lo que era
y tenía un cuchillo,
un cuchillo en la mano;
nadie dudó de mi furia
ni de mi gusto por la carne corrompida,
las cabezas cortadas,
los viejos lamentos de siempre.

Mandé en este estercolero
con garras de hierro,
siempre vi el miedo
y el odio en los ojos de todos,
incluso en los que se suponían adorarme
y yo cuidaba;
los mismos que me vieron dormido y ebrio
y sus manos me quitaron el cuchillo
y abrieron la puerta.
Me arrastraron a la calle,
yo aún dormía;
me desnudaron,
yo aún dormía;
empezaron a arracarme pedazos,
ya estaba despierto
y vi mis pedazos pasar frente a mí
como en un desfile.

Hoy,
los zopilotes comen de mi boca.

Oído en un bus

Un celular hace una llamada.

—Hola, mi amor. Adivine qué. Me jalé una torta. Gasté un montón de plata. Me compré un montón de ropa. Está muy linda. ¿Qué cuánto? Bueno, ¿cuánto cree usted? Más. Más. Más. No tanto. Un poquito más. Mi amor...—

El celular hace otra llamada.

—Hola, mami. Adivine qué. Me jalé una torta. Gasté un montón de plata. Me compré un montón de ropa. Está muy linda. ¿Qué cuánto? Bueno, ¿cuánto cree usted? Más. Más. Más. No tanto. Un poquito más. Mami...—

El celular hace otra llamada.

—Hola, Vane. Adiviná qué. Me jalé una torta. Gasté un montón de plata. Me compré un montón de ropa. Está muy linda. ¿Qué cuánto? Bueno, ¿cuánto creés? Más. Más. Más. No tanto. Un poquito más. Ya no me puedo comprar los zapatos...—

martes, 15 de noviembre de 2005

Ofertel, PAISAFOOD y la estatua del Rottweiler

El rottweiler. ¿El mejor amigo del tico?


(¿No ticos?: Información adicional aquí: 1 y 2)


  • Ofertel ofrece cachorros de rottweiler. Si llama en los próximos diez minutos, totalmente gratis le enviaremos dos nicas para que los entrene.
  • Ascan presenta su nuevo producto: PAISAFOOD, enriquecida con nacatamal y vigorón. ¡A tu perro le encantará!
  • En la entrada del Taller Zuñiga decía: Perro bravo. Ahora dice: Bravo, perro.
  • Se dice que la estatua de Juan Santamaría será cambiada por la del nuevo héroe nacional mata-nicas: Hunter (el perro asesino.)
  • Si es usted tico y se respeta como tal, debe tener celular y de seguro que al igual que yo, durante los últimos días ha recibido algunos chiles (los de arriba son sólo ejemplos tomados al azar) enviados como mensajes de texto a su teléfono. No mentiré diciendo que no me reí, ni tampoco que la muerte de Leopoldo Natividad Canda Mairena, de 25 años de edad, me ha conmovido especialmente. Pero sí me ha dado qué pensar, a nivel particular y general.
Viendo el caso específico, mi principal pregunta es: ¿por qué no mataron al par de zagüates? Que no se piense que soy cruel con los animales; más bien me encantan los perros y disfruté mucho tener a Canela, Pinto y Shakti mientras los tuve. Ni siquiera soy capaz de matar los malditos ratones que me encuentro por ahí. Sin embargo, me trato de imaginar qué hubiera hecho yo estando ahí en el Taller Zuñiga con un arma en mi poder (un revólver, un machete, un buen garrote.) Por la razón que fuera, no creo que en vez de matar a los perros si era necesario, hubiera podido simplemente subirme al techo de un bus viejo a tirarme los toros tranquilamente. ¿Habría pasado lo mismo que en vez de un indigente nicaragüense, hubiera sido el Tuma Martínez, alguna modelillo de A todo dar o uno de las nietos de Abelito? ¿Hubiera podido quedarme parado, oyendo los gritos de Leopoldo, viendo como los perros le arrancaban la carne de los brazos? Creo que no, y pienso que hubiera sido aún más lógico para un policía, un supuesto guardián de la vida. ¿Y los grupos de chusma enfurecida? ¿Sólo sirven para saquear negocios y bloquear calles? ¿A nadie se le ocurrió espantarlos con fuego (perogrullada: son animales)?¿Qué es? ¿Es qué la vida humana realmente ya vale tan poco? ¿Se ha llegado al punto en que el asqueroso orgullo del dueño de los perros y el taller, el tal Fernando Zuñiga, no se juzga inapropiado? Un ser humano estuvo siendo desgarrado, desfigurado, torturado hasta causarle la muerte durante dos horas y nadie, absolutamente nadie tuvo la decencia de hacer lo verdaderamente necesario para ayudarlo. Si había que matar a los perros para tal efecto; gente, por más vueltas que le doy, no lo hubiera visto como mal hecho o reprensible. He oído opiniones dice que fue culpa de Leopoldo: nadie lo tenía de ladrón. Yo me pregunto: ¿por qué robaba? ¿Qué lo llevó por tal camino? Yo no he conocido a nadie que se vuelva ladrón por gusto, por el glamour y el status de la profesión. ¿Por qué Leopoldo no era un miembro productivo de la sociedad como un diputado, un cura, o un agente aduanero?

Yendo más hacia la generalidad, la pregunta es: ¿es que acaso a los costarricenses nos estorban tanto los nicaragüenses? Recuerdo los principales e insostenibles reclamos que se hacen en contra tal inmigración: que nos quitan los trabajos, que no contribuyen a la Caja Costarricense del Seguro Social y usan sus servicios, que todos los crímenes violentos son cometidos por ellos. Leo los chiles que tanta risa han causado, observo la reacción general de la gente y pienso: ¿no es acaso xenofobia? ¿Es acaso exagerada la analogía de que tratamos a los nicaragüenses como han sido tratados judíos, gitanos, homosexuales y un largo etcétera? En esta tierra, antes no había nadie. Vinieron luego indios, españoles, africanos, chinos, europeos, etc. Ahora han venido los nicaragüenses. Nos guste o no, ya hay una generación de ticos con padres nicaragüenses y difícilmente se irán. Sus costumbres, cultura y genes se integrarán a los nuestros, inevitablemente. Serán aportes para el futuro de nuestro país. Creo que no hemos valorado eso, ni tampoco el drama de ellos, desterrados de su tierra por la miseria y obligados a venir a un país que se comporta de una manera hostil hacia ellos; la absoluta mayoría viene a trabajar en humildes y necesarias tareas que los pedantes ticos nos rehúsamos a humillarnos a hacer. Desde una perspectiva diplomática, Costa Rica se ha metido en un buen lío. Nuestra posición ante Nicaragua es indefendible y ninguna acción podrá remediar este atroz hecho. A lo más, se puede medio remendar castigando la negligencia del dueño y los policías; que la vergüenza caiga sobre los que vieron y nada hicieron. Le doy rienda suelta a mi imaginación y visualizo un futuro cercano: los nicas realmente se enfurecen por esto, se organizan y nos empiezan a causar verdaderos problemas. ¿Podrían? De fijo. ¿Sería posible que sucediera? No lo creo. ¿Qué tal si un día llegamos a necesitar de nuestros hermanos del norte? ¿No irán a recordar tales cosas?

Un pensamiento más: a estas alturas de la historia, las fronteras, naciones y nacionalismos me parecen inútiles.

Por la calle

Voy por la calle.

Salto
y le digo a la persona que enfrento:

—¿Me puede dar un abrazo?—

Algunas se burlan,
otras se asustan,
otras se acercan
y me abrazan,
a veces sonriendo,
a veces no.

No sé cuál de todas me gusta más.

Infierno, XIII

Me quemo.

Muy temprano en mi vida,
supe lo que era el infierno
leyendo el Apocalipsis
como cuento antes de dormir.
Durante el día
dibujaba a la Bestia
y al viejo Dragón
en la parte trasera de mis cuadernos de caligrafía.

Lo conocí casi veinte años después.
Hoy ardo.
Cadenas de hielo,
ollas de aceite,
la carne pinchada
y el extenso tormento.
Mía es la desesperación como la de una vieja loca que vive sola con gatos,
mío el desvarío de ver tu cara en todas las superficies
y que hoy no seás más que cenizas
y la agonía de la árida soledad compartida.

Y lo disfruto,
amarrado a la estaca,
encadenado como Prometeo:
ya el orgasmo no escupe nada,
es sólo el calambre,
una y otra vez
y la verga que se me quiebra.

Me quemo.

lunes, 14 de noviembre de 2005

El robot del amanecer

El robot activó sus sensores ópticos.

"+9+" apareció en la pantalla.

Estaba en un cuarto de forma cóncava, de una blacura insoportable, con el aire más seco imaginable. Él estaba en el centro, como sacado de un sueño, como recién salido de un horno de barro al rojo vivo. La habitación estaba vacía, no había nada más que el robot y un espejo. Él estaba acostado en el centro del cuarto, con su parte frontal hacia el techo. Se levantó, muy despacio. Era algo que hacía por primera vez. Se dio cuenta de su peso, de su volumen, de su altura. Giró sus sensores ópticos al total alrededor del espacio del cuarto, que era una casa cóncova de una sola habitación. El aire no tenía ni el mínimo trazo de humedad, el nivel de sonido era apenas notable: el viento cargando lígeras partículas que se movían a ráfagas, raspando el exterior de la casa. El robot se desplazó; al principio muy lentamente, aumentando la velocidad de sus desplazamientos periódicamente. Registró su rango de movientos. Caminó hacia el espejo. Vio una figura insólita en el espejo. Era tan incongruente con su alrededor, con su composición tan diferente. Los alrededores eran simples, la figura se veía complicada. Notó la diferencia. Pronto tomó consciencia de que lo que veía en el la superficie del espejo era su propio reflejo. Articuló su primer sonido, una mezcla de gruñidos y chillidos:

—Yo soy. Yo existo.—

Más allá del espejo había una apertura nítida, una puerta, que daba al exterior, al exterior que se veía a través de otras aberturas tapadas con cristal, el exterior que se veía tan amplio, al contrario de la casa, al espacio más puramente abierto. Se dirigió a la puerta, para atravesarla y salir; sí salir, al exterior, afuera, más allá.

domingo, 13 de noviembre de 2005

Tres fobias

  • Los puentes.
  • Las agujas.
  • Los sapos.

(En medio de un puente de hamacas tambaleante, una multitud de sapos enfurecidos y lechosos, armados con largas agujas, se me arrojan encima. Decepcionados, se dan cuenta de que yo ya había muerto de terror.)

Cuando era un niño y se me aflojaba un diente, se lo ocultaba a mi madre lo más posible. Si ella se daba cuenta, me agarraba, me metía un trapo limpio en la boca y procedía a terminar de arrancarme el diente. A veces costaba que se soltara. Y hubo veces en que harto de tenerlo colgando, fui voluntariamente donde ella para que terminara la molestia.

sábado, 12 de noviembre de 2005

Sonata mulata

Bailando,
mordido por tarántulas,
los tambores se vuelven lejanos
mientras el veneno corroe mi mente,
me pierdo de mi cuerpo,
mi sanidad me deja,
entro en el mundo sin tiempo
y veo mi núcleo atrás mío:
es una pequeña esfera
cruzada de filamentos de luz.
Aquí no hay yo,
es más,
nunca lo ha habido:
soy un reflejo
del oculto dios.
Yo soy él
y él es yo,
nos referimos
uno al otro
veladamente
y nos negamos
mutua y tajantemente
con una misma voz,
nuestras manos se arrollan
en nuestros cuellos
y tratan ferozmente
de exprimirnos la existencia.

Desperté en una zanja, desnudo y con naúseas.

Aquí iba un número romano

Ven,
pobre hacha de colores,
ignorancia plena de la discordancia,
andá,
trazá alguna sombra de murmullos
en los oídos secos de reyes ciegos.
¿Qué es lo que soy,
yo que me deslizo pastoso sobre las espinas
que colonizan los cimientos del hastío?
Yo soy el vengador de los perdones,
el verdugo amable del síncope,
estoy armado con las lanzas del desdén,
con las canas de los perros olvidados.
Bien que no entiendo la música del pulso,
los ojos rayados, los motores de miseria.
De tal destino azulado
he caído pleno de gel,
aborrecido por la sal de los ángeles,
vomitando por la nariz
todas las encomiendas del destino;
quiero la lucidez, la simpleza de palabras,
la transparencia del hado,
no quiero ser nada,
ser libre de metamorfosis.
O no.
Eso.