martes, 15 de noviembre de 2005

Infierno, XIII

Me quemo.

Muy temprano en mi vida,
supe lo que era el infierno
leyendo el Apocalipsis
como cuento antes de dormir.
Durante el día
dibujaba a la Bestia
y al viejo Dragón
en la parte trasera de mis cuadernos de caligrafía.

Lo conocí casi veinte años después.
Hoy ardo.
Cadenas de hielo,
ollas de aceite,
la carne pinchada
y el extenso tormento.
Mía es la desesperación como la de una vieja loca que vive sola con gatos,
mío el desvarío de ver tu cara en todas las superficies
y que hoy no seás más que cenizas
y la agonía de la árida soledad compartida.

Y lo disfruto,
amarrado a la estaca,
encadenado como Prometeo:
ya el orgasmo no escupe nada,
es sólo el calambre,
una y otra vez
y la verga que se me quiebra.

Me quemo.

lunes, 14 de noviembre de 2005

El robot del amanecer

El robot activó sus sensores ópticos.

"+9+" apareció en la pantalla.

Estaba en un cuarto de forma cóncava, de una blacura insoportable, con el aire más seco imaginable. Él estaba en el centro, como sacado de un sueño, como recién salido de un horno de barro al rojo vivo. La habitación estaba vacía, no había nada más que el robot y un espejo. Él estaba acostado en el centro del cuarto, con su parte frontal hacia el techo. Se levantó, muy despacio. Era algo que hacía por primera vez. Se dio cuenta de su peso, de su volumen, de su altura. Giró sus sensores ópticos al total alrededor del espacio del cuarto, que era una casa cóncova de una sola habitación. El aire no tenía ni el mínimo trazo de humedad, el nivel de sonido era apenas notable: el viento cargando lígeras partículas que se movían a ráfagas, raspando el exterior de la casa. El robot se desplazó; al principio muy lentamente, aumentando la velocidad de sus desplazamientos periódicamente. Registró su rango de movientos. Caminó hacia el espejo. Vio una figura insólita en el espejo. Era tan incongruente con su alrededor, con su composición tan diferente. Los alrededores eran simples, la figura se veía complicada. Notó la diferencia. Pronto tomó consciencia de que lo que veía en el la superficie del espejo era su propio reflejo. Articuló su primer sonido, una mezcla de gruñidos y chillidos:

—Yo soy. Yo existo.—

Más allá del espejo había una apertura nítida, una puerta, que daba al exterior, al exterior que se veía a través de otras aberturas tapadas con cristal, el exterior que se veía tan amplio, al contrario de la casa, al espacio más puramente abierto. Se dirigió a la puerta, para atravesarla y salir; sí salir, al exterior, afuera, más allá.

domingo, 13 de noviembre de 2005

Tres fobias

  • Los puentes.
  • Las agujas.
  • Los sapos.

(En medio de un puente de hamacas tambaleante, una multitud de sapos enfurecidos y lechosos, armados con largas agujas, se me arrojan encima. Decepcionados, se dan cuenta de que yo ya había muerto de terror.)

Cuando era un niño y se me aflojaba un diente, se lo ocultaba a mi madre lo más posible. Si ella se daba cuenta, me agarraba, me metía un trapo limpio en la boca y procedía a terminar de arrancarme el diente. A veces costaba que se soltara. Y hubo veces en que harto de tenerlo colgando, fui voluntariamente donde ella para que terminara la molestia.

sábado, 12 de noviembre de 2005

Sonata mulata

Bailando,
mordido por tarántulas,
los tambores se vuelven lejanos
mientras el veneno corroe mi mente,
me pierdo de mi cuerpo,
mi sanidad me deja,
entro en el mundo sin tiempo
y veo mi núcleo atrás mío:
es una pequeña esfera
cruzada de filamentos de luz.
Aquí no hay yo,
es más,
nunca lo ha habido:
soy un reflejo
del oculto dios.
Yo soy él
y él es yo,
nos referimos
uno al otro
veladamente
y nos negamos
mutua y tajantemente
con una misma voz,
nuestras manos se arrollan
en nuestros cuellos
y tratan ferozmente
de exprimirnos la existencia.

Desperté en una zanja, desnudo y con naúseas.

Aquí iba un número romano

Ven,
pobre hacha de colores,
ignorancia plena de la discordancia,
andá,
trazá alguna sombra de murmullos
en los oídos secos de reyes ciegos.
¿Qué es lo que soy,
yo que me deslizo pastoso sobre las espinas
que colonizan los cimientos del hastío?
Yo soy el vengador de los perdones,
el verdugo amable del síncope,
estoy armado con las lanzas del desdén,
con las canas de los perros olvidados.
Bien que no entiendo la música del pulso,
los ojos rayados, los motores de miseria.
De tal destino azulado
he caído pleno de gel,
aborrecido por la sal de los ángeles,
vomitando por la nariz
todas las encomiendas del destino;
quiero la lucidez, la simpleza de palabras,
la transparencia del hado,
no quiero ser nada,
ser libre de metamorfosis.
O no.
Eso.

El amor, perdido

Te pierdo
cuando
te busco.

Mientras te descifro
en las tardes eternas
de domingo,
te reinventás
y me dejás igual.

Si te atraigo a mí,
te me alejás;
si te escucho,
te callás;
si te beso,
te desvanecés
como una música fácil.

¿Será el secreto de tu cariño,
el ser cruel y fuerte?

jueves, 10 de noviembre de 2005

La culpa fue del primer beso

A vos
Esto pasó hace años.

Corríamos en busca de un rincón oscuro,
ella me llevaba a mí o yo a ella,
qué importa,
y miré atrás
por un segundo
y cuando volví mi cabeza
encontré una boca en la mía,
fue una sorpresa largamente esperada
porque los dos sabíamos
que era inevitable.

Un beso es sólo un beso
y por él se pueden perder
un reino
una vida
un alma.

Una noche con La Sociedad

Por Chili Douglas

Casi no hay luz en el estudio. Operando la consola, un insomne técnico ajusta los controles justo antes de la última sesión de la madrugada, bajo la atenta supervisión de Otrova, celoso controlador de cada último detalle. Dentro de la cabina, el Tugo ajusta las cuerdas de la guitarra, decidido a terminar por fin el día. Detrás del técnico, que dice llamarse José pero por alguna razón nadie le cree y Otrova, un especie de sala de estar compuesta de sillones casi al ras del suelo, distribuidos en ellos se encuentran, entre el tedio y la ansiosa espera, el resto de los miembros presentes de la banda. La espigada Sole, acostada cuán larga es en el sillón largo, hace burbujas de saliva con la lengua y trata infructuosamente de elevarlas para que aterrizen de nuevo en su boca. La Gata trata de elevar un castillo con pajillas rojas de remover café. Elmoto falla en llegar en primer lugar en Gran Turismo y yo soy testigo desde mi rincón; me vuelve a ver y apaga el Playstation y me hace un gesto de resignación. Dentro de la cabina, Tugo está listo. Escupe en el basurero y dice:

—Vámonos.— Por fin, luego de un par de horas, el solo parece haber salido bien. Aliviado, Elmoto se levanta y rápidamente, lava los numerosos trastes sucios que atestan el fregadero.

La canción está lista, letra de Sole y música de La Gata: "El Patán ha muerto, lo mató Pico de Oro." El grupo está en medio de la grabación de su último disco, tentativamente llamado "El jueputa CD". La gente del medio ha señalado este disco como dos cosas para La Sociedad: su consagración definitiva o su definitivo hundimiento. De esto último se ha hablado mucho y los tabloides no dejan de publicar historias sobre los incontrolables pleitos entre Sole y Otrova (que según aquellos han llegado al plano físico,) versiones de la conversión del Tugo a la fe budista y su inminente reclusión en el monasterio de Hatillo 8 y por supuesto los intensos rumores de un nexo de sangre entre El Quintu y Lucifer. La banda se toma tales episodios con insólita calma:

—Estamos totalmente concentrados en la grabación. Por supuesto nos damos cuenta de las publicaciones, no nos hacen falta reclamos de nuestras madres y respectivas parejas, pero no nos molestamos en replicar. Nosotros sabemos como está el arroz y con qué tusa nos rascamos y no necesitamos a ningún pseudoperiodista para indicárnoslo.— aclaró riendo La Gata, no sin mirarme con un dejo de amenaza.

Salimos a la noche helada: estrellas, un pedazo de luna, ninguna nube. Envuelta en su largo chal con apariencia de capa, Sole murmura en tono audible para todos:

—En noches así, un trago es comparable a un buen amante.—

Nadie parece disentir. Hay numerosas historias de bacanales, de orgías de sexo y sustancias ilícitas y diversos locales quemados por la supuesta piromanía de los miembros de la banda (chisme que no tardan en desmentir por lo menos hablando cada uno de sí mismo) y ésta parece ser la oportunidad perfecta para observar al grupo fuera del ojo público. Acomodados en distintos carros viajamos hasta el local que suelen frecuentar, el famoso Quitapenas. Mientras viajamos escuchando un CD quemado con canciones de los ochentas, resuena una especie de trote desde el bolsillo de la pasajera del asiento del copiloto. Atiende la Gata y rápidamente se pone de acuerdo con el otro lado de la línea en la visita al Quitapenas. Corta; nadie pregunta, debo hacerlo:

—¿Quién era?—

—Quintu. — responden los demás a coro.

Resonó, como una campana, por fin el nombre del miembro ausente del grupo, el baterista Quintu, quizá el más polémico (y presencia constante en los tabloides) de la banda. A lo que me habían dicho en la revista, probablemente Quintu estaría presidiendo una sesión espiritista, por lo que no lo vería y ahora aparecía oportunamente para éste que escribe.

Llegamos al Quitapenas en quince minutos. El local, antiguamente bohemio, estaba casi vacío. Se juntaron un par de mesas junto a la ventana que da a la calle y nos sentamos alrededor. Se ordenaron los más selectos licores, los mejores habanos y los productos más deliciosos y llenos de manteca que pudiera arrojar la cocina. Se conversó un rato de diversos temas, hasta que un curioso incidente precedió a la llegada de Quintu. Por algún desperfecto eléctrico, la luz del bombillo que nos intentaba iluminar a través del humo y la noche interna del local, empezó a parpedaer, justo en el momento en que un par de perros se peleaban por unas bolsas de basura, a la vez que entraba Quintu por la puerta y se sentaba cerca mío. Rápidamente se provocó una discusión con acusaciones contradictorias acerca de un oscuro asunto de unos libros de Yeats y un juego de naipes pornográficos. La discusión terminó tan repentinamente como empezó y procedieron a chismorrear sobre su par de cercanísimos colaboradores casi compatriotas: la mexico-estadounidense Ilana Sue y el no menos célebre Yuré, o para ellos "Jupa de anguila" o más cariñosamente "Pelucas Nick Jason." A éste al parecer le estaba cayendo un demanda más de paternidad y la conocida Ilana Sue había entrado en un conocido retiro tantra. A continuación y luego de una rápida sesión de autógrafos con un par de trasnochadores fans (sesión de fotos incluída) se habló de un miembro ausente, de la posiblidad de un nuevo integrante y de sus futuros proyectos. Como a esto último se refiere el siguiente artículo, me referiré brevemente mis impresiones sobre los miembros de La Sociedad: Otrova es un sujeto que aparenta exactamente lo que es, hecha la aclaración que lo anterior se dice de una manera positiva, que se sabe de alguna manera líder del grupo, no sin ayuda del hecho de que él es además, junto a Sole, encargado del management de la banda. Ella, Sole, una de las dos vocalistas, con un aire de suficiencia muy propio, dirigía la conversación como si fuera un juego de cartas; es dueña de una belleza lejana, sabedora de que no es cualquiera quien la coquista. A pesar de lo que se podría pensar, Tugo no es el sujeto violento que se describe en los chismes de los famosos, más bien, como todo guitarrista principal del grunge, es lo bastante reservado para decir que es un poco abstraído en sí mismo, aunque claro: quince tragos dobles de Chivas Regal a nadie ayudan en la conversación. Al otro lado de la mesa, la otra vocalista, la angelical Gata, hermosa y claramente la responsable de esparcir energías positivas hacia los otros, nos contaba regularmente chistes vulgares y frases de doble sentido que hacían la delicia de la banda. Elmoto, a pesar de haberse proclamado el comic relief, decía cosas con bastante sentido, como se podría pensar del bajista y director de videos del ascendente grupo. Del problemático Quintu, veo un cierto cansancio, una impresión de que habla mejor con los temas que compone, con los bolillos y los bombos. Siendo el más elusivo de los integrantes, se han tejido diversas leyendas en torno a él nacidas de los temas que compone: satanismo; aquejado de una crónica drogadicción al pegamento para zapatos (aunque es heraldo de lucha en favor de la legalización del uso de la marihuana con fines recreacionales y acepta abiertamente su consumo con tales fines;) cambio de sexo; evasión de impuestos e intento de sacar de áreas protegidas especies (casi extintas) de orquídeas; que al igual que Merlín el mago, era hijo de Satanás y una mujer y sospechoso en el barrio de tocar timbres y salir corriendo. Debo confesar que me pareció un sujeto común y silvestre y que más bien me sentí algo decepcionado al constatar la realidad.

La conversación se prolongó un rato más y rápidamente la gente de La Sociedad se fueron uno a uno. Me quedé hasta que se fue el último y ahora ordeno mis notas. Aquí a mi lado está el supuestamente insomne técnico de sonido José, quien se me ha sentado cada vez más cerca. Parece que este reportero, esta noche, tuvo suerte.


8-9/11/94

miércoles, 9 de noviembre de 2005

Lo dije y lo digo ahora

Mi padre lo recuerda mucho y le hace mucha gracia. Estábamos en Esterillos durante las vacaciones, yo era un niño y estaba acostado en una hamaca bajo un par de palmeras. Estaba atardeciendo y me tomaba un vaso de jugo de naranja helado. Mi padre llegó donde estaba yo y sin ninguna introducción, le dije:

—Esto sí es vida.—

Nada como una noche de cerveza y charla con Urizen para pensar un poco. Veo y el futuro y casi podría tocarlo y el presente está aquí y lo tomo como viene, como un vaso de jugo de naranja helado. Aquellas palabras resonaron en mi cabeza hoy como un golpe de gong. Mañana, de hecho, será un día mejor. Y creánme cuando lo digo.

lunes, 7 de noviembre de 2005

El preludio de un beso

Sería despacio. Doucement. Llegaríamos a mi cuarto, verías mis libros, mis discos y las cosas en la pared. Tal vez quisieras que empezáramos de una vez, quizá no. Me tomaría mi tiempo, hablaríamos de cualquier cosa. Luego aventuraría una mano, trataría de encenderte con las puntas de los dedos, sientiendo tus poros, tus vellos, tus curvas. Te tomaría en mis manos como si fueras arcilla y yo un artesano, te apretaría la carne y te daría mil formas, movería tus miembros, saborearía tu olor en el aire. Nadie vendría a rondarnos, tendríamos el fugaz tiempo encadenado en las caricias, en la respiración acelerada. Tal vez te deje tocarme, quitarme la ropa, dejarte hacer honor a tus palabras. Yo no te dejaría desnudarte, eso me corresponde, pero después. Antes debe venir el beso, deberá venir ese momento en que nuestras bocas choquen por primera vez, sería como una gran curva, una parábola en el aire.

Yeah, she is in my room, oh boy!
Well, now that we know each other a little bit better,
why don't you come over here?

Y te besaría, un beso hondo y extendido como un duelo, hasta rendirte, hasta dejarte indefensa y a mi merced, me hundiría en tu boca, una sola saliva chorreando de nuestras bocas. Una vez que te hayás rendido, por fin, empezaría a cumplirte una a una todas mis promesas.

Sería despacio. Doucement.

domingo, 6 de noviembre de 2005

La noche de los muertos vivientes

Comemos basura.
Su basura.
Revolcamos las bolsas
y ustedes pasan
y somos otras bolsas
que estorban
y hay que ignorar
y capear.
Les damos asco.

Nosotros no nos bañamos,
no pensamos en cambiarnos la ropa,
nos cagamos en ella
la miamos
la vomitamos;
no nos limpiamos las uñas
ni las orejas
ni tampoco nos peinamos.
Hay cosas que se olvidan,
demasiadas,
en reminiscencias de cama
dura, muy dura,
fría
y a veces llueve.

¿Nos han visto la cara?
La cara rota, reventada
por las caricias del suelo
y los garrotes
y las manos y pies.
Hay cosas que conocemos:
el fuego y la piedra
el tubo y el brillo,
el pan como colador,
tal vez un boli
o así no más,
hay cosas que no deberían conocerse
como este fierro herrumbrado
que puede clavarse por accidente
en algún cristiano o infiel,
somos como ratas
que se meten por estrechos huecos
para arrebatar el sustento
el sustento de la miseria,
por qué no nos matamos
si somos tan desgraciados:
pues porque la vida es maravillosa
y ya nos hacen el favor
de matarnos
nos hacemos el favor mutuamente,
nos brindamos a ustedes
y somos tomados
a pesar del asco
a pesar del miedo
o
a causa del asco y el miedo.

Podemos arrebatar
y darles asco y miedo,
podríamos violar a sus hijos
y quemar la ciudad,
podríamos cantar en los buses
y darles lápices y llaveros,
podríamos ser sus hijos,
sus padres, sus amantes,
podemos ser tantas cosas
en estas largas calles
en esta larga noche.

sábado, 5 de noviembre de 2005

Alma a la venta, demonios abstenerse

El fuego. Este fuego, amor, nos quemará a ambos hasta la más absoluta ruina. Mi mujer guerrera, mi valquiria.

El fuego, amor. Estoy encima tuyo y tenés la cara vuelta. Más rápido y más fuerte, ése es tu mantra. Nunca te he sido desobediente. Te meto mi pulgar en tu boca de labios gruesos y partidos de sed y lo chupás como si no fuera mi dedo. Mis dientes en tu carne. Podría morir. Podría morir hoy. Podría morir ahora.

Alucino. En este espejismo, estamos los dos desnudos, húmedos. Estoy boca abajo, roto de cansancio y con todo mi peso muerto. Te subís a mi espalda, tenés un cuchillo afilado. Le aplicás el encendedor. Lenta y cuidadosamente, me tallás tu elaborado signo en el hombro derecho. Sangro. El dolor es como una flor con raíces hondas abriéndose en mi espalda y me provoca un amargo placer. Has terminado. He sido marcado, como yo te marqué a vos en alguna época indeterminada. Me lamés la herida despacio, paladeando mi sangre. Me revuelvo de pronto, te boto de mí como un potro arisco, tengo la verga como una ardiente antorcha derramando aceite y pierdo la vista. Todo es tinieblas. Te arrebato del aire, como un gavilán a su presa y te hago sentada sobre mi cuerpo, que es un buque, un buque con un sólo mástil, en un huracán que lo ha de deshacer como un viento divino. Tu grito rasga la noche, la atraviesa y me hacés sorbido como si yo fuera el asiento de un refresco. Mi mujer guerrera, mi valquiria; siempre serás mía, siempre. Y nunca.

Otra vez.

viernes, 4 de noviembre de 2005

Trágico/Críptico

Esta es la cola de un pavo real, el almizcle, el pequeño templo formado de paja, cabellos y secos esqueletos de conchas. En mí he encontrado una contradicción intrínseca y la he rastreado hasta los fundamentos del universo: la ausencia de significado, la materia de la que todo está hecho.

Salgo a caminar por las noches, largo rato. A veces llueve. Hay una frase en mi cabeza: "No te estoy captando." La digo una y otra vez, como un mantra que sale de mí, dirigida para mí, para mi rostro indiferente y fantasmal en los vidrios de los carros.

Veo a Lars, sentado en las gradas de la entrada de una casa abandonada. Dice que fue un ángel y que su nombre era Maruth. Paso junto a él y me llama con un gesto. Pienso que me va a pedir una monedilla. Se levanta y se me acerca, su cara se acerca tanto a la mía que siento que se la voy a vomitar. Todo él huele a mierda. Muy despacio, paladeando las palabras, me dice en un tono apenas audible:

—Nunca se puede confiar en las palabras de un ser humano, que dirá lo que sea, que puede decirte lo que sea para lograr sus propósitos. Hay que cuidarse de los dueños de las letras y sus ocultas cábalas. Esta noche me podría comer una bandeja con escalpelos.—

Empieza a llorar y su desconsuelo es tan grande como culpable. Lo empujaría, pero me repugna tocarlo. Le digo que no me interesa su cháchara y me devuelvo a mi casa. No puedo evitar pensar que el atorrante ex-ángel tiene algo de razón.

jueves, 3 de noviembre de 2005

Para la que cumple

Estoy en la cocina,
bebiendo jugo del cartón;
vos estás en la compu,
escribiendo,
taipiando escandolosas historias,
de las que vos sos empírica,
tal vez mordiendo uno de tus labios,
(el de abajo, sí; el de abajo)
tal vez con los dedos de los pies
trabados en inconscientes batallas.
Oigo como arrancan las frases
con el bailoteo frenético de las teclas
que se detiene de pronto
y llega a mí un rápido suspiro tuyo
mientras sopesás las palabras.

La tarde es lenta,
la tarde es blanca
de tanto sol;
por mi garganta baja despacio
el jugo de manzana
y refresca a su paso.
Y me surge
desde un recodo
del bajo vientre,
una chispa que recorre
hormigueante todos mis nervios:
es una reminiscencia en la boca,
(un olor)
es como la sospecha
(de que tal vez querés)
y culmino el ancho vaso
y un hielo resbala desde él
y es mordido,
mi lengua lo recorre en melosos círculos
anhelando que fuera otra cosa
y la emoción me provoca firmeza y arrojo.

Como activar el pestillo de un trampa,
me arrojo en un vector
hacia la mullida silla
que has vuelto trono
y hemos agarrado de matadero,
despacio y silencioso
como jaguar mañoso
me acerco
y veo resbalar el temeroso sudor
por las curvas de tu espalda de gata,
mi cabeza se aproxima
y casi podría sorber tu sudor
(si pudiera)
pero me apropio de tu olor
(tu olor de hembra)
tu olor denso y fuerte
como el del clavel.
Mi brazo se desliza
como culebra pastosa
por tu tronco
y cierra su abrazo,
coloco mi cabeza en tu hombro
paralela a la tuya
y mi mano libre libera
el helado cubo
de mi boca
y lo acerca a tu cara,
la recorre despacio,
apenas el roce,
llega a tus labios
que se abren
y lo besas prolijamente
como a ese que amás,
ese bienaventurado
y te volvés con violencia
apretando los dientes
me aferrás la cara
enfrentamos pupilas
y me decís una palabra,
antes del voraz beso:

"Juego."

Paroxismo m. (gr. paroxysmos) Fig:

Hay días en que nuestro amor
es una borrasca,
un largo grito,
una marea que se revuelve en sí misma.

Hoy no es uno de esos días.

Hoy te amo a fuego lento,
como una evolución celeste,
así como el tímido rocío
rueda por las mañaneras flores.
Con tu cabeza inclinada sobre mi regazo,
recorro sin ninguna prisa
tus labios con un dedo
y compartimos un largo silencio,
largo como el sueño de la muerte,
largo como el amor que no muere.

Falso origen del pequeño pervertido

Un día el pequeño pervertido, siendo un niño, entró corriendo al cuarto de su madre y la encontró desnuda y descubrió con horror que ella, a diferencia de su padre, no tenía pene, lo cual significaba que se lo habían cercenado. Horrorizado por la visión, apartó los ojos de las partes pubendas de su madre y la clavó en sus pies, calzados en unas gastadas sandalias. De ahí su perversión. Claro que ver El último emperador cuando tenía nueve años no ayudó. La escena en que Joan Chen fuma opio y le chupan los dedos del pie izquierdo lo llevó al paroxismo erótico y su mano ejecutó un movimiento que nunca antes había hecho pero que de alguna manera conocía.

martes, 1 de noviembre de 2005

La muerte de Glauco, vástago de Ares

Resonó el duro bronce al chocarlo contra el ornado escudo forrado con siete pieles de buey y desde lo más hondo de mi espíritu salió el grito que desafiantes, arrojamos los esforzados guerreros que entrábamos en la cruel batalla contra las temibles amazonas. Resonaron el bronce y nuestros gritos, como cuando el poderoso ponto amenaza con un tormenta y crujen los árboles en la costa, lamentando la tempestad y su posible ruina. Las temibles hijas de Artemisa nos contestaron con ensordecedora gritería, semejantes a bandadas de águilas de afiladas garras. Sin más tardanza, da el rey, caro a Zeus, la orden de cargar contra nuestras enemigas. Mi fiel escudero Dorio, hijo de Yálmeno, agitó las lustrosas riendas y mis soberbios caballos, hijos de Bóreas, nos conducen al centro de la batalla, placer del insaciable Ares. Apreté la nudosa lanza de fresno de afilada punta en mi brazo al ver surgir de entre los carros enemigos la figura imponente de Admete, quien siendo una niña se atrevió a tocar los agudos dardos de la hija de Leto, la cual se bañaba en un oculto estanque en medio del bosque para proteger su virginal desnudez de ojos impíos. Descubrió a Admete la agreste diosa, más no la castigó sino que la tomó para sí como una hija, le enseñó el arte de encajar los arteros dardos en los hombres y a guiar el carro, le adiestró en el arte de curar con hierbas y consultar los designios de los dioses en el vuelo de los pájaros. Más todo este conocimiento de poco le sirvió a Admete, que se complacía en arrojar las mortíferas flechas desde su veloz carro conducido por su escudera y amante Arsínoe. Haciendo votos al letal Ares arrojé la recta lanza, que se le clavó en la hermosa faz a Admete y los calientes sesos se le derramaron por la honda herida y cayó y el polvo cubrió su ornamentada coraza. Arrojóse Arsínoe del carro derramando ardientes lágrimas y corrió hacia donde cayó la infortunada Admete, la abrazó y trató de volverla a la vida con inútiles llamados, porque ya el alma desconsolada de Admete había abandonado el cuerpo y tomado la senda del cruel reino de Hades. Entonces Arsíone alza las manos al cielo y exclama:

—¡Oh, diosa, gran Artemisa, óyeme en mi desgracia! Si alguna vez sentiste cariño por la desgraciada Admete, si alguna vez ella te hizo perfectas hecatombes y quemó pingües muslos de buey cubiertos de grasa en tu honor, no dejes que su muerte quede sin castigo, daña en mi nombre a áquel que osó cegar la vida de esta esforzada guerrera.—

Y la gran diosa, hija de Zeus, no ignoró su dolido ruego. Conteniendo un ácido llanto, bajó rauda del Olimpo, aterrizó en medio de la ardorosa batalla de los aqueos de larga cabellera y las fornidas amazonas y tendiendo el poderoso arco, lo soltó y éste crujió al arrojar las veloces saetas que se clavan en Dorio y en mis espumeantes caballos, haciendo que se volcara el pulido carro y arrojándome al ignominioso polvo. Me levanté presuroso, como el león de abundante melena que es perseguido por los furiosos pastores, deseosos de vengar la muerte de las ovejas de abundante lana, le arrojan teas y agudas piedras, el león huye primero, pero luego su valerososo corazón lo impulsa a volverse y enfrentar a sus perseguidores. Así me levanté para encontrar a la indomable Artemisa cara a cara, y ella me habló con agrias palabras:

—Te he quitado al hijo de Yálmeno y tus veloces corceles, hijos del Bóreas, así como que quitaste a la dulce Admete. Más tu vida no la segaré, porque el hado no me lo permite, pero no importa, porque se acerca la hora en que probarás el agudo bronce y óyeme bien, que no llegarás a ver como el sol se pone hoy.—

Así habló la diosa y se desvaneció en el aire para volver a su palacio en el alto Olimpo con el cuerpo de la caída Admete. Alcé mis ojos al cielo y rogué fervorosamente: "Padre Zeus, siempre he vivido conformer a tus mandatos y he cumplido con todos los votos a las deidades, siempre he sido esforzado en la batalla y honrado las leyes de hospedaje. Te ruego liberarme de este cruel presagio que me ha dado tu carísima hija y si no es posible tal cosa, permíteme alcanzar alta gloria antes de mi muerte y que mi nombre sea cantado por las generaciones venideras como un ejemplo de valía." Supe que el gran Crónida oyó mi ruego y me concedió una de las dos cosas, moriría ese día, más lo haría con gloria. Ufano de su respuesta y desdeñoso de la muerte, corrí hacia Antianara, hija de Artemisa, que acababa de inmolar al joven Anceo, hijo de Agapenor. Éste conocía el arte de la adivinación y trató inútilmente de disuadir a su hijo de entrar en la batalla, donde se dan las grandes hazañas, porque en ella moriría, más el infeliz de Anceo era arrastrado por su hado y los ruegos del anciano no fueron oídos. Antianara le arrojó su mortífera lanza y se la hundió en la juntura de la coraza, donde no había protección. Anceo se derrumbó hacia el suelo y sus armas resonaron con sordo estruendo y la fornida Antianara le separó la cabeza del cuerpo de un tajo de su aguda espada. Empezó a despojar el cadáver de sus armas hasta que llegué yo y le dije con injuriosas voces:


—Fácil es, Antianara, hija de Pentesilea, despojar un muerto de su lóriga, veamos si igualmente me puedes despojar a mí de la mía.—

—¡Oh, dioses!— replicó Antianara, de grandes manos —Vean a Glauco, hijo del veloz Ayante, habla y habla como una matrona vieja y loca. Ya le callaré su pretenciosa lengua y colgaré su cabeza en mi lanza. De nada te servirán los ojos que no cubre nunguna niebla y penetran como los de los ágiles halcones, obsequio del caro Febo.—

Asió una pesada piedra cubierta de agudos picos (dos hombre no podrían levantarla pero ella la tomó sin esfuerzo con una mano) y la arrojó hacia mí y yo, agachándome, puede evitar el cruel lance. Bufando de ira vino hacia mí Antianara, igual a las funestas Euménides y trató de cortarme con el filososo bronce, mas oponiendo el forrado escudo, esquivé el sordo golpe y de un rápido tajo corté los tendones de las rodillas de la animosa amazona, que se desplomó a la tierra y así como el voraz lobo hunde sus dientes en el cuello de la frágil cabra que se ha despegado del rebaño, así entró mi espada, regalo que el héroe Guneo hizo a mi padre y que éste me dio a mí, atavesando las dobladas capas de la coraza amazona y hundiéndose en las entrañas de la fornida moza y la vida la abandonó rauda y su cuerpo mordió el seco polvo.

—¡Desdichada! ¿Para qué enredarse en batallas y arduos esfuerzos? Más te hubiera valido haber nacido de reyes y haberte ocupado de la rueca y las labores de Palas, antes de venir aquí. Ea, ahora anda gimiendo al Averno, que yo te seguiré sin demora.— le dije al vacío cuerpo de Antianara.

Sentí como mi hado cerraba su lazo sobre mí y esto en vez de asustarme, me influyó el brío y el empuje del sangriento Ares. De un carro cercano tomé un arco y voladoras flechas y las disparé como peste sobre las belicosas mujeres. ¡Cuántos bellos rostros se contrajeron en gritos de dolor mientras yo aseteaba sin piedad! Pero mi desgracia se acercaba porque mi furor atrajo la atención de la bélica y bellísima Helena, hija de Pentesilea, reina de las amazonas. Así como la ágil halcona oye piar a sus indefensos polluelos amenzados por un negro cuervo, vuela de regreso al nido y arremete contra el agresor, así armada Helena saltó de su carro lanza en mano para enfrentárseme. Al avanzar hacia mí no pudo dejar de estremecerme la blacura de su piel, su delicada belleza, el brillo guerrero de sus grandes ojos y mi corazón se batió como herido de venenosa ponzoña y reconocí el dardo del infausto Eros y supe muy bien que al fin, después de tantas promesas de dolor cumplidas y los ardores de la guerra, mi destino me había alcanzado, porque el gran Febo me vaticinó que el día en que yo sucumbiera a los encantos del fatal amor, moriría y mi matadora sería mi amada. Así como el viejo león reconoce su última hora y va hacia ella sin temor o precaución, alejándose de la parda manada y busca un lugar apartado para expirar, así me enfrenté a la furibunda doncella. Ésta arrojó la flexible lanza de fresno que cruzó el aire zumbando, levanté el pesado escudo y la punta afilada penetró seis de las siete capas de mullidas pieles. Arrojé de mí el escudo, no lo necesitaría en la oscura senda a la que iba. Helena, igual a una diosa, cargó contra mí espada en mano; fui a su encuentro y lanzé una estocada, pero en medio del aire, solté la caliente espada, renunciando a herir su delicada piel y abracé a mi crudelísimo hado. La aguda pica entró en mi garganta y la caliente sangre me manchó la loriga con ornamentos de plata y un sueño terrible cerró mis ojos y mi alma huyó de mis miembros, dando un gemido, pues abandonaba un cuerpo joven y era cubierta por densas tinieblas.

Y he aquí que la bella y terrible Helena abrazó mi cuerpo vacío como una vasija vacía y sobre él depositó un ardoroso beso, mientras susurraba estas aladas palabras:

—Duerme ahora, Glauco, hijo del gran Ayante, duerme en paz, valeroso varón igual a un dios; entérate que yo compartía parte de tu triste augurio, pues estaba destinado que hoy mi indómito corazón conocería a su dueño y mi propia mano me lo arrebataría. Entérate que yo hubiera huido contigo a Salamina a reinar a tu lado sobre tu numeroso pueblo, pero de otra manera lo entendieron los dioses.—

La fatal y hermosa doncella me prometió honrosas pompas y un túmulo y dejando mi cadáver en acostada postura, corrió donde su madre y junto a ella guió a las esforzadas amazonas a una brutal victoria.

Más cerca

Las expectativasde deshonrarte
de penetrarte,
de amarrarte a las cuatro esquinas
de la cama
y abrirte en canal con mi sexo
son como las mariposas de la noche
que entran anunciando la muerte en una casa,
un libro que se puede comer y es dulce
pero podría ser amargo en las entrañas.
Te he conjurado del morbo,
a ver,
enséñame.

Nadie puede resolver mi falta de fe,
mi iniquidad o mi egoísmo;
vas a tener que ayudarme, sin embargo,
en mi búsqueda de nulidad,
de complacencia,
acércame a los dioses
a través del goce irreflexivo
para que pueda jactarme de mi existencia,
beber su ambrosía
y bailar en su infierno.

Ayúdame,
empújame con tus manos manchadas,
aliméntame de la insolación de tu carne,
de tu piel humeante,
alza mi cáliz y bebe de él, ávidamente,
que te necesito para mi labor.
Enrédame en múltiples tramas,
táñeme,
quiébrame,
tómame.

Direte

Mira este dolor
es pequeño
y furioso
como picada de alacrán.
Lo tengo en el corazón,
músculo notable
que continúa aleteando
dentro de un actor que agoniza.

Es la entrada
al vacío
que corroe mi corazón,
músculo notable
que persiste en bailar
una danza de vida
dentro de un mascarón de arena.

Vos sos mi dolor,
ácido y hermoso,
me clavaste los diente en el corazón,
músculo notable
que grita
porque quiere terminar de ser devorado.

El voto de castidad

Es una invitación. Un venda apretada alrededor de la boca, la realidad cae cortada a machetazos, como un tazón de veneno que te tira al piso. Antes aullaba solo corriendo por la arena, a oscuras, el mar y yo y a veces la luna, prometiéndoseme y yo tratando de alcanzarla, montado en espirales de humo, caminando sobre el reflejo en el agua, escupiendo el alma por los dedos. Ahora soy reducido, forzado a guardar silencios remotos, como si hubiera perdido algo, como haber estado sentado en una mesa de juego un par de días y luego un duro descanso y un sueño de hierro que pesa sobre los ojos que se cierran en un sueño exasperadamente largo.

Una mano brota de la tierra como un tallo de bambú y me invita a tomarla, me invita a descender al alcázar del fuego subterráneo, con tesoros prometidos por los astros, una caminata por los astros, un cometa que surca el éter viendo ancianas estrellas, recibiendo por fin la promesa de la luna. Una invitación a la caída, a una complejidad peor que la anterior, a levantarle el velo a lo velado y mirarlo, tocarlo. Siento miedo, para qué negarlo, a veces uno hace las cosas simplemente porque están ahí y pueden hacerse y no hay nada ni nadie que lo impida.

Dame las viandas que me han sido negadas, dame lo que quieras aunque sea la perdición, que yo te presento el pecho, vamos a ver si he aprendido algo.